Benito Navarrete Rubia. Doctor Ingeniero Industrial por la Universidad de Sevilla

Benito Navarrete es Ingeniero Industrial (especialidad química) y Doctor Ingeniero Industrial por la Universidad de Sevilla, donde ejerce como Catedrático de Escuela Universitaria en el Departamento de Ingeniería Química y Ambiental de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería.

Con más de 30 años de trayectoria investigadora, su trabajo se ha centrado en el desarrollo de tecnologías para la producción industrial y el control medioambiental, especialmente en la optimización de procesos térmicos, la reducción de emisiones y vertidos contaminantes y, actualmente, en la captura y usos del CO₂ y la producción de hidrógeno verde.

Hoy, compagina su labor académica e investigadora con la evaluación de proyectos para la Agencia Estatal de Investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología y con la asesoría técnica a empresas e instituciones. Su trayectoria refleja el papel clave de la investigación aplicada y la colaboración entre universidad e industria para avanzar hacia una producción industrial más eficiente y sostenible.

¿Qué te llevó en su momento a estudiar Ingeniería Industrial, y en particular la especialidad química?

Siempre me atrajo el mundo industrial y el sector químico y agroalimentario, en particular. Mi padre trabajó en la industria de la producción y envasado de aceites vegetales, lo que me permitió entrar en contacto desde muy pequeño con las instalaciones industriales, las máquinas y los procesos productivos. En mi infancia vivía en una casa anexa a una fábrica de aceite. Jugaba entre los depósitos, entraba allí el ferrocarril, me gustaba ver la carga de cisternas, el trasiego de camiones, el llenado de botellas, el olor de la refinería de aceites. Supongo que todo eso influyó.

A lo largo de su carrera ha trabajado en múltiples proyectos y líneas de investigación. ¿Cuál diría que ha sido uno de los hitos que más le ha marcado profesionalmente?

Quizás el proyecto de mayor envergadura en el que trabajado ha sido el del diseño, montaje, puesta en marcha y pruebas experimentales de la instalación de investigación en captura de CO2 por oxicombustión más grande del mundo hasta esa fecha, situada en Cubillos del Sil, León. Desde el Departamento de Ingeniería Química y Ambiental de  la Escuela de Ingenieros de Sevilla dirigimos el Programa de Captura de CO2 de la Fundación pública Ciudad de la Energía (CIUDEN), que fue la encargada de poner en marcha ese proyecto denominado OXY-CFB-300 entre 2006 y 2013, financiado por el programa europeo EEPR. Se buscaba como objetivo avanzar en la tecnología de la oxicombustión para reconvertir la central térmica de Compostilla en una de las primeras instalaciones eléctricas de carbón con captura de CO2 en Europa. Profesionalmente fue un auténtico reto, con la oportunidad de trabajar codo con codo con empresas eléctricas, fabricantes de calderas y de equipos de control medioambiental, grupos gasistas e ingenierías de primer nivel en Europa. Para mí supuso un crecimiento extraordinario en mi labor como ingeniero y como investigador dedicado al desarrollo tecnológico.

 

¿Qué es lo que más le gusta de su labor como investigador y profesor universitario?

Como investigador, la posibilidad de contribuir al avance tecnológico en diferentes campos relacionados con la producción de energía, la fabricación de cemento, el sector agroalimentario y el de los combustibles, centrado principalmente en el control medioambiental. Siempre he trabajado en desarrollo industrial, probando y demostrando nuevos tratamientos o procesos a escala piloto en instalaciones de investigación de tamaño semi-industrial, en su mayor parte instaladas en las propias fábricas y entornos industriales.

Como profesor universitario lo que más me gusta es despertar en los alumnos el interés por desarrollar competencias que les permitan desenvolverse con solvencia en el entorno industrial planteándoles la resolución de proyectos o casos prácticos reales. Para un ingeniero no basta con adquirir conocimientos teóricos, hay que saberlos utilizar para ponerlos al servicio del diseño, la operación y la optimización de las plantas industriales.

 

Tras más de 30 años investigando en tecnologías industriales y control medioambiental, ¿cómo valora la evolución del papel de la industria cementera andaluza en la lucha contra el cambio climático?

La industria cementera andaluza ha sido una de las más comprometidas con la aplicación de técnicas de control medioambiental en los últimos años. Contribuye de forma eficiente a la valorización material y energética de residuos que se generan en otros sectores, contribuyendo a la implantación de una economía circular y, a pesar de ser una de las industrias con emisiones de CO2 de difícil abatimiento, se ha marcado una hoja de ruta muy exigente para la descarbonización con el objetivo de ir disminuyendo sus emisiones de gases de efecto invernadero hasta llegar a emisiones netas cero en 2050. El sector se encuentra en pleno proceso de transformación desde un modelo intensivo en combustibles fósiles hacia otro más orientado a la descarbonización, la economía circular y la innovación tecnológica

 

En su experiencia, ¿qué papel debe desempeñar la colaboración entre universidad, industria y administraciones para avanzar hacia modelos productivos más sostenibles?

Creo que esa colaboración a tres bandas es indispensable para conseguir avanzar de forma eficiente y realista hacia la sostenibilidad. La universidad y los centros de investigación pueden aportar la investigación y el desarrollo tecnológico que se vaya haciendo necesario para integrar un modelo sostenible en el modo de abastecimiento y producción de cada uno de los sectores industriales.

La industria debe marcarse metas y planificar las transformaciones encaminadas a la implantación de esos modelos sostenibles en un marco de compatibilidad con la competitividad y con las exigencias del marco normativo y, por último, la administración debe apoyar a la industria en el desarrollo y el despliegue de las nuevas tecnologías sostenibles y legislando con arreglo a las posibilidades reales de la técnica en cada momento. Para ello la interlocución entre las tres partes se hace necesaria en todo el proceso transformador.

En territorios industriales como Andalucía, esta colaboración resulta especialmente importante porque conecta sostenibilidad con empleo, desarrollo tecnológico y cohesión territorial. La colaboración entre universidades, empresas y administraciones, con la participación adicional de entidades sociales, puede convertir la sostenibilidad y la economía circular en un proyecto compartido, y no únicamente en una agenda regulatoria.

 

¿Qué ventajas ofrece Andalucía —desde el punto de vista industrial, logístico o de recursos— para liderar estos procesos de transformación en el sector cementero?

Andalucía reúne una combinación especialmente favorable de capacidades industriales, recursos naturales e infraestructuras logísticas que la sitúan en una posición estratégica para liderar la transformación sostenible del sector cementero en Europa.

Desde el punto de vista industrial, la comunidad dispone de una base cementera ya consolidada, con siete fábricas integrales y una cadena de valor que genera miles de empleos directos e indirectos. Además, la Junta de Andalucía ha impulsado planes específicos —como el programa CRECE Industria— orientados a modernizar el sector mediante digitalización, captura de CO₂, economía circular y nuevos materiales de menor huella de carbono.

En el ámbito de los recursos, Andalucía posee varias ventajas críticas, principalmente la gran disponibilidad de energías renovables (solar y eólica), fundamentales para electrificar procesos industriales y producir hidrógeno verde, tiene un fuerte potencial para convertirse en uno de los principales polos europeos de hidrógeno renovable, especialmente en los ejes de Huelva y Campo de Gibraltar vinculadas al denominado “Valle Andaluz del Hidrógeno Verde”  y una amplia capacidad de aprovechamiento de residuos industriales y urbanos como combustibles alternativos o materias primas secundarias, algo clave en la descarbonización del cemento.

La dimensión de economía circular es particularmente relevante. El sector cementero andaluz se ha convertido en un importante receptor de residuos procedentes de otras industrias —cenizas, escorias, residuos de construcción y demolición o lodos industriales— reduciendo tanto el uso de materias primas vírgenes como el envío a vertederos. Además, la comunidad cuenta con un marco normativo avanzado gracias a la Junta de Andalucía y su Ley de Economía Circular.

Desde el punto de vista logístico, Andalucía dispone de uno de los mayores activos estratégicos del sur de Europa con los puertos de Algeciras y Huelva como nodos clave para importación/exportación de clinker, combustibles alternativos, hidrógeno y materias primas. La conexión marítima con el norte de Europa, incluyendo corredores verdes hacia Róterdam, refuerza el potencial exportador andaluz en tecnologías y productos bajos en carbono. El Campo de Gibraltar concentra además un potente ecosistema petroquímico, energético y logístico que facilita sinergias industriales para la transición energética.

 

La transición hacia la economía circular también implica cambios culturales. ¿Qué papel tienen la formación y la divulgación en este proceso?

La transición hacia la economía circular no depende únicamente de la tecnología o de las inversiones industriales, sino que, en efecto,  requiere también una profunda transformación cultural. En ese contexto, la formación y la divulgación desempeñan un papel esencial porque permiten modificar hábitos, criterios de producción y modelos de consumo tanto dentro de las empresas como en la sociedad.

La formación especializada resulta clave para adaptar las competencias profesionales a los nuevos procesos industriales sostenibles. Sectores como el cementero están incorporando tecnologías relacionadas con eficiencia energética, digitalización, valorización de residuos, captura de carbono o uso de combustibles alternativos. Todo ello exige perfiles técnicos capaces de operar en entornos cada vez más complejos y descarbonizados. Universidades, centros de FP, institutos tecnológicos y empresas tienen aquí una función estratégica: preparar trabajadores y directivos para una industria más circular y baja en emisiones.

Además, la formación contribuye a cambiar la cultura empresarial. La economía circular implica pasar de un modelo lineal —extraer, producir y desechar— a otro basado en reutilización, reparación, reciclaje y aprovechamiento de recursos. Ese cambio requiere que ingenieros, gestores y responsables públicos incorporen nuevos indicadores de sostenibilidad y nuevas formas de entender la competitividad industrial.

Por otra parte, la divulgación es fundamental para generar aceptación social y participación ciudadana. Muchas veces los procesos industriales vinculados a la sostenibilidad, como la valorización energética de residuos o el uso de materiales reciclados, generan dudas o desconocimiento. Una comunicación clara, transparente y basada en evidencia científica ayuda a combatir la desinformación y favorece un debate público más riguroso.

La divulgación también permite visibilizar buenas prácticas y crear referentes. Cuando la ciudadanía conoce experiencias exitosas de economía circular, eficiencia energética o reducción de emisiones, aumenta la percepción de que la transición ecológica no es solo una obligación ambiental, sino también una oportunidad económica y de innovación.

 

Pensando en los próximos 10 o 20 años, ¿cómo imagina la industria cementera andaluza en términos de sostenibilidad y descarbonización?

En los próximos 10 o 20 años, es previsible que la industria cementera andaluza evolucione hacia un modelo mucho más descarbonizado, digitalizado y plenamente integrado en la economía circular. El cemento va a seguir siendo un material esencial para infraestructuras, vivienda y transición energética, pero cambiará profundamente la forma de producirlo.

Uno de los grandes cambios será la reducción progresiva de las emisiones mediante el uso de combustibles renovables y residuos valorizados para sustituir combustibles fósiles tradicionales. Por otro lado, veremos una expansión de los cementos de baja huella de carbono, con menor contenido de clínker y mayor incorporación de materiales reciclados o subproductos industriales. Esto irá acompañado de nuevas técnicas constructivas y de una creciente exigencia normativa europea sobre emisiones y sostenibilidad.

También será decisiva la implantación de tecnologías de captura, uso y almacenamiento de CO₂ (CCUS). En la industria del cemento buena parte de las emisiones provienen químicamente de la calcinación de la piedra caliza, por lo que la electrificación o el cambio a combustibles renovables por sí solo no será suficiente. Por ello, la captura de carbono probablemente se convertirá en un elemento habitual en las plantas más avanzadas. Andalucía tiene ventajas competitivas para ello gracias a su potencial renovable.

El desarrollo del hidrógeno verde puede convertirse en otro factor transformador. facilitando procesos industriales más limpios y favorecer la producción de combustibles sintéticos y calor industrial descarbonizado.

Otro aspecto importante será la digitalización. La inteligencia artificial, los sensores industriales, el análisis de datos y la automatización permitirán optimizar consumos energéticos, reducir emisiones y mejorar la trazabilidad ambiental de los procesos.

 

Si tuviera que transmitir un mensaje a los jóvenes ingenieros o investigadores que empiezan hoy, ¿qué les diría sobre el papel que pueden jugar en la transformación sostenible de la industria?

Les diría que probablemente pertenecen a la primera generación que va a tener la oportunidad (y también la responsabilidad) de rediseñar la industria desde criterios de sostenibilidad real. Y eso convierte su papel en algo mucho más relevante que el de simplemente desarrollar tecnología: van a participar en la transformación de la manera en que producimos, consumimos y gestionamos los recursos del planeta.

Durante mucho tiempo, la innovación industrial se midió casi exclusivamente en términos de productividad o coste. Hoy el desafío es más complejo: producir mejor, con menos emisiones, menos residuos y menor impacto ambiental, sin renunciar al desarrollo económico ni al bienestar social. Ahí es donde los jóvenes ingenieros e investigadores serán absolutamente decisivos.

Pero también les diría algo importante: la sostenibilidad no es solo una cuestión tecnológica. Requiere capacidad crítica, ética profesional y visión a largo plazo. Muchas de las decisiones que se tomen en centros de investigación, universidades o industrias durante los próximos años tendrán efectos durante décadas sobre el territorio, el empleo y el medio ambiente.

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